Mientras mi obsesión con el orden consume la mayor parte de mis días, que distan de ser productivos y mi lista de actividades semanales tiene un tatuaje permanente que no se puede borrar: "terminar presentación de la tesis" (parece que tengo miedo a terminar la carrera, como si la licencia probara a la sociedad que de ahora en más tengo que ser adulto y yo todavía soy Peter Pan); conocí a Shai, un saladamente buena onda de Israel que andaba por la región de festival de cine en festival de cine, presentando su corto "Hayerida" o The Descent, que fue bastante premiado (ganó un oso de plata en Berlín) y que ahora se dedicó a conocer la región.
Conoció muchas cosas de Uruguay, le hicimos jugar al fútbol, le mostramos Montevideo, fuimos a Punta del Este y pese a su interés no fuimos a los dedos que están frente a la terminal, mala onda la nuestra. Le hicimos comer chivitos y asado (asado comimos varias veces porque parecía enamorado de nuestra cultura carnívora) aunque yo no lo soy tanto, y el amigo que lo hospedaba era vegetariano, quizás eso acentuaba su necesidad de comer carne, vaya uno a saber, igual no es importante eso, ah si, le hicimos probar grapamiel, parecía la bebida más autóctona de nuestra (de mi amigo y mía) pobre cultura alcohólica.
Antes que se fuera, era imposible no seguir practicando nuestro baile, por lo que en una ráfaga de espontaneidad surgió esto.
Antes que se fuera, era imposible no seguir practicando nuestro baile, por lo que en una ráfaga de espontaneidad surgió esto.